Mar 29 2011

Ataques de pánico… Pedir ayuda a tiempo

A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana. – Charles Péguy (1873-1914); escritor francés.

Hoy en día es natural escuchar que alguna persona conocida sufrió en algún momento un episodio de pánico, no vacilo en hacer público que yo misma los he sufrido. Ya no se toman como algo raro y las mismas personas que los han sufrido pueden enumerar los síntomas y lo que se siente cuando se vivencia un ataque de pánico.

Lo que no sabemos es que, como cualquier otra dolencia, la duración, frecuencia e intensidad de estos ataques va a depender mucho del momento en el cual pidamos ayuda y a qué tipo de profesionales acudamos.

Cuando uno sufre un ataque de pánico vivencia palpitaciones, elevación de la frecuencia cardíaca, dolor en el pecho, vértigo, mareo, náuseas, inestabilidad, dificultad para respirar, transpiración o escalofrío, sensación de ahogo, molestias abdominales, cosquilleo o entumecimiento en las manos, sensación de estar soñando o deformación de la percepción, terror. En pocas palabras uno se siente morir, se tiene la sensación que algo horrible va a pasar y que uno no puede evitarlo, la persona se paraliza.

Este episodio suele durar unos diez minutos aproximadamente, es acompañado por una enorme carga de angustia que muchas veces se libera a través del llanto y con un gran estado de tensión, es como si los mecanismos corporales que generalmente se ponen en funcionamiento ante una situación de peligro se disparasen inesperadamente y sin motivo alguno. Nos puede pasar en cualquier sitio: en el supermercado, en el banco, en la calle, haciendo compras, no hay sitio ni momento definidos que la persona pueda distinguir, es imposible anticiparlo, una vez sucedido se comienzan a vivir estos episodios con más frecuencia y son cada vez más intensos, lo cual preocupa no sólo a la persona que los sufre que, como medida de prevención hace un aislamiento y se queda en su casa buscando un refugio de los ataques, sino también al entorno familiar, llegando muchas veces a generar conflictos familiares y laborales.

El ataque de pánico tiene como base un trastorno de ansiedad, lo que dispara el ataque es la existencia de un estado de ansiedad y angustia inmanejables para la persona y, como en todo ataque, hay una situación específica que actúa como disparador. Hasta ese momento la persona más o menos se las arreglaba con su angustia, pero a partir de ese suceso desencadenante y tras haber sufrido el ataque de pánico es como si el propio cuerpo y mente dijeran basta.

Antes de llegar a estas situaciones hay señales de alarma; estas señales que emite nuestro psiquismo son pequeños desarrollos de angustia, los cuales generalmente dejamos pasar sin darles mayor importancia, pero estas señales se van incrementando si no se toman medidas.

El estar expuestos a malestares continuos de todo tipo (familiares, laborales, sociales) lleva a que se den episodios de este tipo; nos sentimos sobrepasados por las situaciones, no encontramos sentido a lo que hacemos, no podemos proyectarnos a futuro porque todo se ve desde el negativismo de sentirse vacío, solo y sin que nadie entienda lo que se sufre. Así es que nuestro margen de tolerancia se ve sumamente rebasado y nuestro yo cada vez mas débil.

En estos momentos quienes menos pueden ayudarnos son los amigos o allegados; la persona que sufre estos episodios se siente incomprendida, su entorno tiende a minimizar lo que le pasa, dando consejos del tipo: “no te hagas problemas, salí a divertirte, distraete”.

Lo primero que se suele hacer al sentir estos síntomas es acudir a un médico clínico para descartar algún tipo de afección cardíaca o de origen orgánico. Una vez descartado todo lo que respecta a la clínica médica y al recibir la noticia de que no hay nada físico, llega la recomendación de iniciar un tratamiento psicológico, a lo cual muchos responderían: -”pero si lo que yo siento es corporal”. Así, progresivamente, comienza el camino de aceptación de que nos encontramos frente a un trastorno psicológico.

El tratamiento para este tipo de trastornos de ansiedad con episodios panicosos comienza con un respaldo farmacológico, seguido por un profesional psiquiatra y un tratamiento psicológico a la par. Es necesario que ambos tratamientos sean paralelos por un tiempo, ya que uno da la base para que pueda funcionar el otro. Es necesario comenzar con una medicación para bajar los niveles de angustia y ansiedad en la persona, ya que si se inicia sólo el tratamiento psicológico sin que el paciente esté medicado va a ser casi imposible establecer un trabajo analítico porque la persona se encuentra tomada por la angustia y sólo manifiesta síntomas, sin poder hablar.

Una vez que la medicación comienza a hacer efecto es más fácil para la persona hablar y realizar el tratamiento psicológico. A partir de la realización de estos tratamientos generalmente las mejorías son notorias en muy poco tiempo. Desde la terapia se educa al paciente en el manejo de situaciones de máxima angustia o ansiedad; así, cuando reaparecen los episodios de pánico, ya se sabe cómo actuar y manejarlos sin dejar que la situación lo sobrepase. La persona sabe que no se va a morir por esto y que con la ayuda de los profesionales indicados es totalmente manejable.


Mar 16 2011

Adolescencia: Un pasaje turbulento… ¿Hacia dónde?

La juventud sabe lo que no quiere, antes de saber lo que quiere. – Jean Cocteau (1889-1963); escritor francés.

Antes de empezar a desarrollar lo que se entiende desde la psicología por adolescencia, debemos tener en cuenta que todos los adultos hemos pasado por esta difícil etapa de nuestra vida, en la cual nuestro camino estaba plagado de incertidumbres, interrogantes y angustias.

Todos los que pasamos por esa etapa de la vida nos hemos sentido incomprendidos, incapaces de sostenernos solos y con la inmensa necesidad de salir y querer llevarnos el mundo por delante, aventurarnos con las escasas herramientas que construimos a través de nuestra joven historia.

“¿Quién los entiende?”, “Antes no éramos así”, “La juventud de ahora está perdida”. Estos son algunos de los interrogantes y afirmaciones que plantean los padres de los adolescentes de hoy. La preocupación es tal que los lleva a intentar soluciones mágicas para evadir algo que todo sujeto debe transitar y tramitar psíquicamente a su manera y con las herramientas que tenga a su alcance.

Se define a la adolescencia como esa etapa de la vida cuyo principal proceso de construcción es la identidad, lo cual no es nada fácil. Es un estado conflictivo del individuo en relación con sus padres y con otros representantes de la autoridad, estado de máxima conmoción, de metamorfosis y de transformación del sujeto. Es el momento en el cual ese niño se despierta de forma traumática viviendo cambios hormonales, físicos y psíquicos que no logra entender del todo.

Se plantea la pregunta por la identidad ¿Quién soy yo? Aquí entra en contradicción lo que los padres dicen que es y lo que el adolescente siente, que usualmente no es lo que los padres dicen; así se inicia la búsqueda de la respuesta a ese gran interrogante por la identidad. Parte de este recorrido contiene la conformación de la identidad tanto personal como también vocacional-profesional.

¿Cómo me veo hoy? A partir de este interrogante podemos vislumbrar los miedos, deseos e inquietudes que tiene el adolescente en cuanto a su futuro, cómo se proyecta, sobre qué base funda su deseo, etc.

¿Qué quiero ser?, ¿Qué quiero hacer? Estos interrogantes abren la puerta al imaginario, cómo este joven se ve en su futuro, siendo esto, aquello o haciendo tal o cual cosa.

A partir de estos interrogantes se inicia la difícil tarea de reconocerse, en este tránsito el adolescente va a “duelar” al niño idealizado de los padres para ir construyendo su propia identidad, pero ya no a partir de los ideales paternos, sino que esta vez comienza a mirar hacia fuera. Los ideales de la infancia que en un momento le sirvieron de sostén son cruelmente cuestionados. Esto es lo que tanto angustia a los padres y adultos en general.

En este camino el joven debe encontrar su “yo”, que ya no es más el que sus padres depositaron en él cuando era pequeño, sino que a través de un proceso de idealización irá identificándose y construyendo su ideal del yo. Esto significa hacer una elección de vida nueva, ya no es más “mi mamá quiere que sea doctor”; aquí es cuando debería escucharse “yo quiero ser…”. En ese “yo quiero” está la pasión por hacer tal o cual cosa, orientarse por una profesión, trabajar, querer construir su propia familia.

Cuando el joven realiza esta elección lo que realmente está logrando es fundar un nuevo deseo, palpable por ejemplo cuando los escuchamos decir: Soy músico de alma, esto me llena, mi trabajo es mi pasión, es más fuerte que yo, estudio medicina porque quiero ayudar a las personas, me veo como profesional, sueño con ser así, etc.

Lo que se ha planteado hasta aquí es la salida normal adolescente, construir una nueva forma de vida que sea particularmente satisfactoria, lo que no quiere decir que sea satisfactoria también para su grupo familiar. No siempre nos topamos con esta salida, el “ideal del yo” que hemos mencionado está orientado por el padre. Durante los últimos tiempos hemos visto decaer la autoridad paterna, lo cual se deduce de la crisis de las instituciones y de otros malestares culturales, en los cuales la función paterna aparece desgastada, ridiculizada y hasta ausente; así, al aparecer la función paterna en falla, se dificulta el trabajo de búsqueda del sujeto en encontrar un ideal para su yo.

Tal función paterna debería haberle servido de base para su búsqueda y donar al niño los emblemas simbólicos necesarios para que, una vez convertido en adolescente, pudiese construir sus propias herramientas para hacer frente a su realidad.

Cuando este proceso subjetivo no encuentra resolución aparece el síntoma, palabra que paraliza, pero el síntoma es la forma más directa que encuentra nuestro psiquismo para decir basta; lo que el sujeto no puede poner en palabras lo actúa (no debemos confundir síntoma con patología). En otro apartado aclararé cuáles son las patologías propias de la adolescencia.

Desde el trabajo profesional psicológico no se puede plantear la restauración de la figura paterna para ayudar al adolescente, lo que sí podemos hacer es apostar al recurso que trae cada sujeto y esa herramienta es su síntoma. Cuando un adolescente no encuentra una salida a su problema aparece el síntoma en su ayuda, para ponerle un tope al goce y plantear el interrogante que lo llevará a golpear la puerta de un analista.

Allí se podrá descifrar el interrogante del síntoma, porque es a partir del análisis que el sujeto encuentra las razones de lo que le pasa y de lo que desea hacer con su vida.


Mar 14 2011

Síndrome de Alienación Parental (SAP)

Lo que se hace a los niños, los niños harán a la sociedad. – Karl Mannheim (1893-1947); sociólogo alemán, de origen húngaro.

Se denomina así al conjunto de síntomas que resultan del proceso por el cual uno de los padres, mediante distintas estrategias, manipula y transforma la conciencia de sus hijos con el objetivo de impedir, obstaculizar o destruir sus vínculos con el otro progenitor.

Existen hoy en día distintas conflictivas familiares que llevan a que los hijos queden en situaciones de vulnerabilidad cuando se da la ruptura de la pareja, muchas veces se realizan entre los adultos acuerdos que dejan de lado la necesidad de los hijos, siendo estos sometidos a una decisión que en la gran mayoría de los casos en corto o largo plazo generara distintos síntomas.

Cuando la pareja decide disolverse, inicialmente debería tenerse en cuenta que el duelo de la separación no sólo lo padecen los adultos que conformaban la pareja, sino que también lo sufren los hijos. El aislamiento de uno de los padres, la separación abrupta, el cambio en la cotidianeidad, el cambio de casa, son algunas de las situaciones traumáticas a las cuales es expuesto el niño y ante las cuales no puede decir nada, lo que lo pone en situación de rehén.

Al no tener las herramientas simbólicas que poseen los adultos para enfrentar su realidad y al no poder decir por su inmadurez, su única forma de hacer notar su malestar y hablar es través de actos, a partir de la manifestación de síntomas. Muchos padres piensan que un niño hace síntomas solo por ser niño y que esto es algo que está dado por circunstancias que tienen que ver con la niñez; lo que en muchos casos no quieren ver es que un niño actúa la novela familiar, el niño es un emergente de la problemática familiar, él es quien pone su cuerpo y a través de los síntomas habla de su malestar.

Los hijos que padecen este síndrome desarrollan un odio patológico e injustificado hacia el progenitor alienado (es quien recibe los agravios), lo cual provoca un deterioro de la imagen que el niño tiene del padre alienado y genera que para el pequeño esa figura parental sea de poco valor sentimental y social, no se siente orgulloso de su padre/madre como los demás niños. A partir de esto negará todo lo referente a esa persona. Esto no provocará daños físicos en el niño, pero tiene consecuencias devastadoras para el desarrollo psíquico.

Este síndrome está considerado una forma de maltrato infantil, existen antecedentes judiciales en los que la justicia ha actuado contra dicho maltrato, que generalmente es causado por madres separadas movidas por el sentimiento de despecho o venganza hacia el padre de sus hijos.

Algunos de los indicadores para poder detectar síntomas del síndrome de alienación parental son:

  • Impedimento por parte de uno de los padres de que el otro progenitor ejerza sus derechos de convivencia con sus hijos (no permitir que el padre/madre vea a sus hijos).
  • Desvalorizar e insultar al otro progenitor en presencia del hijo, tratando cuestiones de pareja que nada tienen que ver con el vínculo con los hijos.
  • Implicar al propio entorno familiar y a los amigos para que ataquen al ex cónyuge.
  • Subestimar o ridiculizar los sentimientos del niño hacia su padre.
  • Incentivar o premiar las conductas despectivas o de rechazo hacia el padre/madre.
  • Influir en los niños con mentiras sobre el otro progenitor al límite de generar miedo en el niño.

Los niños que sufren este tipo de maltrato quedan indefensos e incapacitados para ayudarse a sí mismos, sólo les queda esperar a que los padres resuelvan sus problemas y así quedar liberados. Si el problema entre los adultos se prolonga demasiado en el tiempo o incluso no se resuelve, el niño queda abandonado y crece con pensamientos disfuncionales; esto refiere a que no sólo está el hecho de que el niño no podrá establecer relaciones positivas con el progenitor alejado, sino que también sus propios procesos de razonamiento serán llevados hacia patrones psicopatológicos.

Los niños sufren y relacionan sus frustraciones con pensamientos o recuerdos asociados al padre/madre alejado, así desarrollan a medida que pasa el tiempo una tendencia a proyectar toda su negatividad psicológica sobre la imagen de este progenitor, lo que termina por destruir la imagen y a la larga la relación.

Hay que entender que la disolución de la pareja no tiene por qué generar patologías en los hijos; si ambos miembros están de acuerdo con la separación, es imprescindible que tengan en cuenta que quienes dejan de tener un vínculo afectivo son sólo ellos, esto no tiene que darse también con los hijos, sino todo lo contrario, es necesario que busquen la forma más saludable tanto para ellos como para los hijos de llevar a cabo el proceso de separación. Dar lugar al diálogo y promover la relación entre los integrantes de la familia y no que sea una ruptura traumática. En lugar de dejarse llevar por los sentimientos de venganza y despecho, los adultos deben pensar en los hijos, en el impacto emocional y en las consecuencias posteriores para el desarrollo del niño.

Muchos padres se escudan bajo el mito de que un niño por ser pequeño no entiende o que por ser precario su lenguaje no es capaz de darse cuenta de las situaciones de agresión. Está demostrado a través de estudios científicos que los niños aún en su vida intrauterina son capaces de diferenciar las distintas situaciones de estrés y angustia a las que está expuesta la madre, eso genera una marca emotiva en el bebé que luego de nacido si vivencia situaciones de agresión tanto físicas como verbales, quedando en el medio de discusiones entre los padres y siendo usado inconscientemente como objeto, como escudo para dañar a uno de los padres, enlazará la situación actual vivida a esa primera marca emotiva , reaccionando muchas veces con llanto o nerviosismo y angustia.

Cuando se decide romper los lazos de pareja es interesante que los progenitores se den la posibilidad de buscar una orientación profesional de cómo llevar a cabo la separación sin que esto afecte negativamente a la familia, ya que como hice referencia anteriormente lo que se disuelve es la relación de pareja, no los lazos de familia, los cuales pueden continuar sin ser conflictivos.


Mar 7 2011

Bulimia Nerviosa

Hay que tener en cuenta que tanto la anorexia como la bulimia forman parte de lo que en psicología se han dado en llamar patologías de la época. Hoy en día nos encontramos en la clínica con pacientes que padecen distintos trastornos asociados a la conducta alimentaria: obesidad, bulimia, anorexia entre otros; ninguno de ellos es más importante que el otro y todos tienen su connotación tanto sociocultural como emocional.

En el trastorno bulímico intervienen factores biológicos, sociales y psicológicos que desvirtúan la visión que la persona tiene de sí misma.

Algunos de los factores que encontramos en la bulimia coinciden con los de la anorexia, como: los trastornos afectivos surgidos en el seno familiar, en algunos casos el abuso de drogas, la obesidad, la diabetes. Así como también determinados rasgos de la personalidad: las ideas distorsionadas del propio cuerpo y la baja autoestima.

El paciente con bulimia nerviosa es incapaz de dominar sus impulsos de comer, pero el sentimiento de culpa y vergüenza después de ingerir grandes cantidades de comida lo lleva a utilizar conductas compensatorias (inducción de vómitos, uso excesivo de laxantes, diuréticos, enemas) o realizar regímenes rigurosos o ejercicio excesivo para contrarrestar los efectos del atracón de comida y así evitar engordar. La persona sufre un miedo intenso a engordar.

No hay que confundir lo que es anorexia nerviosa con bulimia nerviosa; una de las características propias de la bulimia nerviosa es que no hay un peso bajo anormal, la persona se mantiene dentro de los limites de peso normal, lo que sí hay es una distorsión nociva de la imagen corporal. Los sujetos construimos nuestra imagen corporal (figura, forma y tamaño) a partir de nuestra historia, nuestra cultura y cómo vivimos lo social, esta imagen corporal es una representación mental inconsciente.

Existen según los criterios diagnósticos del D.S.M. IV dos subtipos de bulimia nerviosa:

Subtipo purgativo: En este la persona se provoca regularmente el vómito o usa laxantes, diuréticos o enemas en exceso.

Subtipo no purgativo: Compensa los atracones con ayunos, ejercicio excesivo, pero no recurre al vómito, ni laxantes, ni diuréticos, ni enemas.

Síntomas de la Bulimia Nerviosa

  1. Episodios recurrentes de atracones de comida.
  2. Sensación de pérdida del dominio de la ingesta durante los atracones de comida.
  3. Uso regular de conductas compensatorias, dietas estrictas, ayunos, ejercicio muy enérgico para evitar el aumento de peso.
  4. Un mínimo de dos episodios de atracón de comida a la semana durante al menos tres meses.
  5. Preocupación exagerada por la figura y el peso corporal. Las personas con bulimia están continuamente obsesionadas por su aspecto y trabajan duro para ser lo más atractivas posibles.
  6. Antecedentes de dietas frecuentes. En su gran mayoría las personas que desarrollan bulimia nerviosa tienen en su historial varios intentos de controlar su peso.
  7. Síntomas de depresión. Incluyen pensamientos melancólicos o pesimistas, poca tolerancia a la frustración, ideas recurrentes de suicidio, escasa capacidad de concentración e irritabilidad creciente.
  8. Excesivo temor a engordar. Pánico a engordar.
  9. Comer en secreto o lo más inadvertidamente posible.
  10. Mantenimiento de un estándar normal mínimo de peso. A diferencia de la anorexia, las personas bulímicas no tienen una figura demacrada.

Hay que tener en cuenta que las causas de este problema son múltiples. Este trastorno puede aparecer a cualquier edad y repetirse en diferentes momentos de la vida; las recaídas están asociadas a situaciones traumáticas de la vida del sujeto (separación de la familia por razones de estudio o trabajo, divorcios, pérdida de un ser querido).

Las altas demandas familiares y sociales llevan a que se generen experiencias de rechazo social, baja autoestima y se atribuye el fracaso al sobrepeso. Así, la poca tolerancia a la frustración, el medir si se es más o menos feliz por el peso corporal, los modelos identificatorios errados y la presión por no fallar llevan al sujeto a estar inmerso en un ciclo destructivo que comienza con la presión por ser delgado.

Por desgracia los jóvenes diariamente tienen la constatación a partir de los medios masivos de comunicación que en nuestra cultura la delgadez se considera un requisito para el éxito.

Cuando en la consulta clínica nos encontramos con un paciente con el trastorno ya instalado es necesario rastrear cómo se originó en el sujeto y cuál fue el motivo; esto es una regla fundamental para entender por qué surge un trastorno de la alimentación y dilucidar cuál es la causa que lo desencadenó. A partir de allí se podrá iniciar el diseño del trabajo clínico, siempre teniendo en cuenta que es imprescindible en este tipo de patologías hacer un trabajo multidisciplinario junto a otros profesionales de la medicina (psiquiatras, nutricionistas, médicos clínicos), ya que al ser una patología compleja no alcanza sólo con el tratamiento psicológico, sino que debe abarcarse el problema en sus múltiples dimensiones.